Como
en todos los pueblos, por el año 28, la leche la vendían por la calle,
en burro, carretilla, o simplemente caminando de casa en casa. El
Lechero vendía a Bs. 1,00 el litro, a 0,50 (un real) el medio litro, y
un tarrito pequeño, llenito, valía 0,25 (medio real).
Varios
vendedores de leche habían en el pueblo, destacándose uno que trabajaba
para el Sr. Lugo, pequeño comerciante que además de pulpería tenía
venta de leche.
El pregonero de ésta era un hombre moreno, de
nombre José, quien llevaba una cántar en una mano y en la otra las
medidas. Se recuerda por su franca sonrisa y su sencillez, además de
los versos que componía cantaba en todas las esquinas.
"Llevo leche
de la lechería
Que no hay leche
como la mía"
Al
vender y dar vuelto (si lo había), cantaba otra al cliente, quien
llegando ya a la cocina todavía escuchaba la fuerte voz del lechero
cantando complacido:
"La leche que vendo
que leche tan buena
Levanta la espuma
como la cerveza"
Y la voz se iba perdiendo: "Leeecheeee de pura vaca neegraaaaa..."
Así
fueron pasando los años y la leche fue subiendo de precio y fueron
apareciendo los litros de ya en frasco de vidrio, pasteurizándose,
civilizándose los vendedores de leche y los que comprabamos. Pero los
que se levantaban temprano para esperarla en la puerta, o los que
escuchamos en hermoso pregón mañanero, que nos hizo feliz con su canto
y sus improvisaciones, nunca olvidaremos a José, El Lechero, porque lo
llevamos en su corazón con todo y su canto: "Llevo la leche de la
Lechería... Que no hay leecheee como la mííaaaa...". Y el eco, tomado
de la mano por la neblina y la suave brisa matutina, corría a través
del pueblo, subía arboles, cerros, y se perdía en el infinito.
Cosas inolvidables que vivimos los bejumeros.
(Autora: Anaminta Ruiz Mérida, Cronista de la Ciudad)